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¡Dios mío, sigo temblando de la emoción! Acá les escribe Derlis
desde Asunción.
Como alguien que respira fútbol y se juega hasta el sueldo en combinadas,
mi señora me quiere echar de casa por lo que apuesto, pero no me
importa absolutamente nada.
En el debut de esta Copa del Mundo norteamericana, quería romper el televisor de la
rabia al perder 4-1 contra Estados Unidos, una vergüenza terrible.
Pero como manda nuestra historia, resurgimos de las cenizas:
le metimos una garra tremenda para ganarle 1-0 a Turquía y con el alma en un hilo clasificamos raspando, empatando a cero con los australianos.
¡El partido contra Alemania me quitó diez años
de vida y me devolvió la fe! El mundo entero de los
pronósticos nos daba por muertos, pero empatamos 1-1 dejando el alma y
la piel en los 120 minutos. ¡Esa tanda de penales, ganando
4-3, me hizo llorar tirado en el piso como una criatura!
¡Con lo que gané en esa apuesta a la sorpresa me pago las deudas de
todo el año y festejo un mes seguido!
Se viene el monstruo de Francia en octavos
y ya tengo mi boleto de apuesta armado. ¡Las cuotas dicen que somos
boleta, pero mi corazón sabe que ganamos!
¡Vamos Paraguay, carajo!